EL SAPITO VERRUGOSO

Érase una vez un sapito, verrugoso y regordete. Vivía en una charca verde y fangosa, ideal para refugiarse en los días cálidos, estupenda para salir por las noches a cazar mosquitos y luciérnagas.

Como era el sapo más inteligente de la charca, el más simpático y el más valiente, tenía muchos amigos sapos. Como era fuerte y guapo, su croar varonil traía de cabeza a las sapas, no sólo de su charca, sino también de las charcas contiguas. Llevaba, pues, una vida social muy intensa, si por vida social se entienden los concursos de canto con otros machos y la fabricación de nuevas generaciones de sapitos.

Pero no vivía del todo feliz en su charca. Ninguna mosca era lo suficientemente gorda para saciarle, y ninguna sapa era lo suficientemente voluptuosa como para dejarle totalmente satisfecho. Aunque ya estaba acostumbrado a esta vida, en ocasiones sentía que el hastío y la pereza le invadían, y lloraba de impotencia, añorando oscuros tiempos mejores, o al menos hacía algo parecido a llorar, con hipidos cortitos y quedos.

Porque, aunque ahora vivía una existencia de sapo feliz, tiempo atrás, había sido humano. A pesar de que su cerebro de batracio no lo recordaba con exactitud, a ratos sentía la nostalgia de cosas que no comprendía, y añoraba aromas y sensaciones que no encontraba. Ya no podía recordar que una vez había sido un hombre guapo y apuesto, aunque ahora sus verrugas fueran las más varoniles de la charca, y ya no podía articular las palabras que antaño utilizaba para encandilar a las chicas. Sin embargo, todos alababan su canto, croaba alto y fuerte, melódicamente y con cadencia. No estaba mal, para ser un sapo. Pero, a pesar de su satisfecho ego animal, intuía que no era lo mismo.

Un atardecer, llegó a la charca una joven. O es posible que no fuera tan joven, pero el sapito tampoco habría notado la diferencia. Digamos que era una mujer. Sin hacer caso de la nube de mosquitos que le daba la bienvenida, la mujer de expresión cansada se detuvo, se sentó en el tocón de un roble partido, cerca de la charca, y se puso a cantar una canción muy triste.

Algo se encendió en el cerebro del sapo, o quizás le entraron unas súbitas ganas de dar un paseo, porque saltó de la charca y se plantó delante de la mujer. La observó, mientras ella le sonreía, divertida por el atrevimiento de aquel bichejo. Si él hubiera tenido aún su cerebro de humano, habría pensado en decirle: “hola, yo parezco un sapo, pero en realidad soy un hombre, guapo y apuesto, encantado por las malas artes de una bruja a la que negué mi amor. Dame un beso, y seremos felices para siempre”. Por supuesto, la última frase habría sido mentira, se trataba de un recurso profundamente grabado, en algún recoveco de su pequeño cerebro masculino.

Pero, como era un sapo, se quedó inmóvil, hechizado por el sonido que hacía la mujer, hinchado como si estuviera presumiendo ante una hembra, y emitiendo ruiditos guturales apenas perceptibles.

La mujer lo miró, intrigada, se agachó y alargó la mano. El sapito subió a la mano con un salto que nadie se habría atrevido a calificar de grácil, y ella se quedó inmóvil, maravillada por aquel osado montón de verrugas con ojos saltones. Entonces ella comprendió. Comprendió con su mente de humana lo que debía ser pasarse la vida en una charca, viviendo como un sapo. Le miró a los ojos y sintió el repentino impulso de besarle, pero dudó un segundo. Izó al sapo hasta ponerlo a la altura de su mejilla y lo acercó a su cara. Entonces, el sapo, sin saber bien por qué, o tal vez obedeciendo las órdenes mudas de la mujer, proyectó su lengua hacia la pálida y suave mejilla.

Han pasado varios días. En la charca hay ahora una sapa nueva. Es una sapa voluptuosa y fértil, fuerte y ligeramente más lista que el resto de los sapos, todos excepto uno. Ese sapo que sigue sintiéndose raro a ratos, que hipa de vez en cuando y que no recuerda bien por qué cayó de golpe al suelo, ni de dónde salió aquella sapa nueva, tan atractiva.

Con su cerebro de sapo, ella tampoco recuerda su vida anterior. Sólo sabe que es muy feliz en su charca…

(Fuente: Revista Elfos)

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