Ciencia

Los llamados biohackers intentan alterar la información genética de sus células, lo que plantea el debate sobre si una persona tiene derecho a modificar su organismo de esta manera.

El periodista Antonio Martínez Ron explica en un artículo publicado en Vozpópuli, que el ex trabajador de la NASA Josiah Zayner, durante una conferencia, mostró una jeringuilla y procedió a inyectarse su contenido en el brazo. Según él, el contenido de la jeringuilla iba a modificar sus genes proporcionándole músculos más fuertes. Zayner ha montado una empresa y vende kits para diseñar y aplicarse una terapia génica personalizada. Tristan Roberts se está inyectando un tratamiento que le curará el VIH modificando sus células.

Esto, como todo, tiene sus detractores, especialistas que opinan que no es posible modificar los genes a un nivel suficiente como para curar enfermedades o modificar la musculatura. Además, no se han hecho ensayos clínicos, por lo que no se saben los efectos que pueden causar estas sustancias en el organismo. Pero la ciencia va avanzando imparablemente y quién sabe si lo que hoy la mayoría de los científicos consideran inviable, en un futuro se convierte en una realidad.

Lo que a mí realmente me escama es que ya han salido los de los comités de ética diciendo que todo esto está muy bien, pero que la edición genética debe estar regulada y que esta tecnología debe estar en las manos adecuadas. ¿Quiénes son esas «manos adecuadas», las de las farmacéuticas, quizá? ¿para forrarse poniendo estos tratamientos a precios para ricos si un día se demuestra que son viables?

Luego está el tema de la ética. ¿Quién decide lo que es ético y lo que no y basándose en qué? ¿por qué tienen que venir unos señores a imponernos su ética al resto?
A mí me parece muy bien que se estén investigando este tipo de tecnologías que en un futuro pueden llegar a curar enfermedades. Y, a fin de cuentas, mis genes son míos y nadie tiene ningún derecho a decidir qué hago con ellos.

La NASA ha anunciado hoy el hallazgo de un sistema planetario con siete planetas, tres de los cuales podrían ser habitables. Y, quién sabe, a lo mejor hay gente allí.
Se encuentra a una distancia de 40 años luz, y con la tecnología de la que disponemos ahora mismo se tardaría solo 300.000 años en llegar, por lo que de momento no están previstas las excursiones.


A todos nos ocurre de vez en cuando. Se te mete una melodía en la cabeza y la estás tarareando todo el día, a veces incluso durante varios días. Y no suele ser la mejor canción del mundo.
Pues bien, hay solución a esto, que para eso tenemos científicos devanándose los sesos constantemente. Según una investigación publicada por la Asociación Americana de Psicología, la forma infalible de borrar esa molesta canción de tu mente es tan simple como mascar chicle.
Sí, hijos míos. Una panda de investigadores universitarios dicen que el movimiento de la mandíbula cuando mascamos chicle puede detener la formación de recuerdos musicales molestos. Como ocurre en estos casos, se hizo el estudio con dos grupos de personas a las que les hicieron escuchar una canción y luego les preguntaron cuántas veces habían pensado en ella a lo largo del día, probaron mascando chicle y todo eso.
Yo no tengo por costumbre mascar chicle, puedo pasarme años sin hacerlo. Y es que llevar un chicle en la boca me supone una molestia a la hora de fumar, el tabaco no me sabe igual. No sé, quizá algún día lo pruebe.


Recordarás más. De acuerdo con un estudio del Centro Waggoner para la investigación del Alcohol y las Adicciones de la Universidad de Texas (EE UU), beber alcohol estimula áreas de nuestro cerebro implicadas en el aprendizaje y la memoria.
Según publica el neurobiólogo Hitoshi Morikawa en la revista Journal of Neuroscience, el alcohol “reduce nuestra capacidad consciente para recordar información como el nombre un amigo, la definición de una palabra o dónde aparcamos el coche; pero nuestro subconsciente aprende y recuerda también, y el alcohol aumenta nuestra capacidad de aprender a este nivel”.

Visto en Muy interesante


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