El Código Hays, la autocensura que gobernó Hollywood

Al igual que el Salvaje Oeste o los primeros días de Internet, las películas de los años 20 y principios de los 30 del siglo pasado tenían pocas reglas y menos inhibiciones. El Código de Producción de Películas, o Código Hays, se estableció para censurar a los cineastas estadounidenses y devolver algo de decencia a Hollywood, y coincidió con la Edad de Oro del cine hollywoodiense.

Este conjunto de reglas de censura cambió la industria del cine durante décadas y, finalmente, sentó las bases para el sistema actual. Pero para entender el Código Hays y sus ramificaciones, es necesario entender el tipo de cine que se intentaba domesticar.

Ver una película de principios del siglo XX podría impactar a las audiencias modernas. No por el contenido en sí, sino por la decadencia y la oscuridad que estas películas lograron exhibir. Por ejemplo, la incendiaria película de 1915,  Birth of a Nation, mostraba un tipo de violencia gráfica con la que nos estremeceríamos hoy, pero eso era común en las películas de su época. En esa película había suicidio, linchamiento y vigilantismo racista, al igual que en muchas otras.

La desnudez en diversos grados también fue rampante en películas como El signo de la cruz y La leyenda de Tarzán, donde el hombre de la jungla lucía su famoso taparrabos.

Las audiencias se opusieron a los estilos de vida homosexuales, a las hazañas de vampiros y devoradores de hombres, y al uso de la sexualidad abierta como arma en filmes como Los buscadores de oro, de 1933, y la clásica Carita de ángel .

El mismo Hollywood estaba empezando a verse como una especie de capital de la decadencia. Este sentimiento se calcificó durante escándalos como el de Virginia Rappe y Fatty Arbuckle.

Rappe, una joven actriz, murió a causa de una rotura de vejiga, de la que muchos responsabilizaron al actor «Fatty» Arbuckle. Los rumores de que la lastimó fatalmente durante una brutal violación después de una noche de fiesta desenfrenada, pronto se convirtieron en cargos y juicios, y aunque nunca fue declarado culpable, la opinión pública hizo el papel de juez, jurado y verdugo en su carrera. Todos estos temas se fueron convirtiendo en fruta madura para los censores.

En 1930, el editor comercial Martin J. Quigley y el sacerdote jesuita Daniel A. Lord crearon los mandamientos de la industria cinematográfica, conocidos como el Código de Producción de Películas, en torno a los cuales querían que los cineastas basaran el contenido de sus trabajos. El código, respaldado por los católicos, y la industria cinematográfica más despreocupada se batieron en duelo durante algunos años; la industria ignoraba sistemáticamente el código.

Irritados, los católicos tomaron represalias formando la Legión Nacional de la Decencia y los productores de películas pronto se dieron cuenta de que estaban perdiendo terreno y dinero en los bastiones católicos que eran las grandes ciudades estadounidenses. De hecho, la protesta pública fue tan grande que incluso el gobierno federal consideró crear una junta nacional de censura. Para evitarlo, los estudios de cine decidieron censurarse a sí mismos voluntariamente y reclutaron a Joseph Breen para encabezar el esfuerzo.

En 1934, el presidente de los Productores y Distribuidores de Películas de América (MPPDA), Will H. Hays, había hecho los deberes y entregó el código de censura a Breen.

Will H. Hays

Esta concesión significó que la doctrina católica gobernó el contenido de las películas de Hollywood durante las siguientes tres décadas. El código Hays, como llegó a ser conocido, permitió a la iglesia reescribir Hollywood a su propia imagen con sus propios valores y su propia moral. El oscuro mundo de las primeras películas donde reinaban los vampiros y los mafiosos había finalizado por un breve espacio de tiempo. Si bien el Código Hays era técnicamente voluntario, las principales compañías de producción cinematográfica lo tenían presente para evitar conflictos.

El Código Hays prohibía el asesinato en las películas. Decía que «la técnica del asesinato debe presentarse de una manera que no inspire la imitación». Prohibía las relaciones sexuales extramatrimoniales en las películas y afirmaba que «el adulterio y el sexo ilícito, a veces material necesario para la trama, no deben tratarse ni presentarse explícitamente».

El código también prohibía las relaciones mixtas o mestizas, es decir entre personas blancas y de otras razas.

El Código Hays presionó especialmente a las mujeres. No había manera de que Ilsa pudiera huir con Rick en Casablanca: era una mujer casada, a pesar de lo que su corazón le decía. Ni siquiera se salvaron las películas animadas: el famoso atuendo de Betty Boop se convirtió en el modesto uniforme de una ama de casa.

Desde la concepción hasta el nacimiento de una película, la Administración del Código de Producción tuvo control sobre los mensajes de la misma. Desde la MPPDA los administradores del Código podían editar y modificar una secuencia de la película. Su sello de aprobación era requerido antes de que se pudiera grabar la escena. De hecho, la película tenía que ser aprobada si los cineastas querían verla en los cines.

En cierto sentido, los promotores del Código Hays esperaban que al alterar la realidad representada en las películas, también se pudiera alterar y mejorar la propia sociedad. Por ejemplo, el Código sostenía que ninguna imagen debería nunca «rebajar los estándares morales de quienes la ven» y que «la simpatía de la audiencia nunca se pondrá del lado del crimen, el mal o el pecado».

Pero las restricciones del Código Hays, como la mayoría de los dogmas sociales, no duraron para siempre. El mundo posterior a la Segunda Guerra Mundial, al borde de la Revolución Sexual de los años 60, no lo tuvo mucho en cuenta. En 1954, Breen se retiró y la Administración del Código de Producción se modificó.

Hoy en día, los cineastas no están tan restringidos y, en cambio, los sistemas de clasificación de películas se utilizan para advertir a las audiencias. Ahora, el consumidor puede elegir si desea o no ver una película picante en lugar de recibir solo una versión censurada.


Formas de morir en la Edad Media

Vivir en la Edad Media no era fácil y perder la vida siendo joven era algo muy común.

Antes de que existieran las vacunas, antibióticos o siquiera el uso de medidas mínimas de higiene, cualquier enfermedad que hoy sería perfectamente tratable, como las infecciones más comunes, en la Edad Media podía ser una sentencia de muerte. Incluso una herida superficial podía matarte si se infectaba, no eran pocos los que perdían miembros o la vida producto de la gangrena.

La muerte de la madre durante el parto era muy común, ya que no solo se carecía de las medidas mínimas de higiene, sino que tampoco habían cuidados prenatales. Una de las causas más comunes era la llamada fiebre puerperal, una infección de los órganos reproductivos que casi siempre culminaba en la muerte. Eso sí, era un fallecimiento democrático, no importaba la clase social ni cuantas riquezas se habían acumulado, todas podían fallecer en el parto.

Si bien las enfermedades infecciosas eran causa común de muerte en la Edad Media, hubo una que marcó récords. Se trataba de la llamada peste negra, que se estima provocó la muerte de entre un tercio y la mitad de los habitantes de Europa durante el medievo. Sistemas inmunológicos considerablemente débiles, mala higiene y una bacteria altamente contagiosa, fueron de gran ayuda para la pandemia más grande de la historia.

En la Edad Media se desarrollaron las llamadas Cruzadas, intentos por recuperar los lugares considerados santos por la Iglesia Católica y que habían caído en manos de los musulmanes. Miles y miles de caballeros emprendieron camino a recuperar estos sitios, asesinando de paso a los musulmanes que se encontraban en el camino, abusando de mujeres y exterminando diversas culturas.

Si bien los suicidios masivos se han dado en distintos momentos de la historia, el que ocurrió el 25 de febrero de 1336 fue un caso aparte. Cuatro mil personas que estaban defendiendo el Castillo Pilenai, en Lituania, se vieron rodeados y superados por sus enemigos. Antes de ser capturados y convertidos en esclavos, prendieron fuego al castillo para destruirlo y luego suicidarse en grupo.

Visto aquí.


La momia que parpadea

En las catacumbas de Sicilia, se visitar el cuerpo increíblemente bien conservado de una niña de dos años que murió en 1920. Y esa no es la parte espeluznante. Lo que de verdad da miedito es el hecho de que si te quedas allí el tiempo suficiente, verás que sus ojos se abren y se cierran.

Rosalia Lombardo, que así se llamaba la niña, tuvo una vida corta y extraña. Hija de un funcionario de la ciudad de Palermo, Italia, tenía solo dos años cuando murió de neumonía. Su padre, Mario Lombardo, se lo tomó tan mal como cabía esperar. En su dolor, contactó con el legendario embalsamador Alfredo Salafia para preservar a su pequeña niña a perpetuidad.

Salafia dio con la combinación exacta de productos químicos para el embalsamamiento, receta que se mantuvo en secreto incluso después de su muerte, y hoy, Rosalia parece que está a punto de abrir los ojos. Su suave cabello rubio finaliza con unos pequeños rizos en su frente; una pequeña cinta amarilla hace que parezca que solo se ha quedado dormida con su ropa de los domingos. Es desgarradora y misteriosa. En Sicilia se la conoce como «La bella durmiente».

En cuanto a ese cóctel químico que la mantiene tan perfectamente conservada, el misterio finalmente se ha resuelto. En 2009, el antropólogo Dario Piombino-Mascali descubrió en un rincón polvoriento de la antigua oficina de Alfredo Salafia, una memoria manuscrita que contenía la combinación que usó para su obra maestra: una mezcla de formalina, sales de zinc, alcohol, ácido salicílico y glicerina.

Una niña de dos años perfectamente conservada para siempre es bastante escalofriante por sí misma. Pero lo que hace que el cuerpo de Rosalia Lombardo sea extraordinario es el hecho de que abre y cierra los ojos mientras la observas. Bueno, más o menos. En realidad, es una ilusión óptica causada por la forma en que la luz del sol atraviesa a lo largo del día la urna de vidrio en la que está colocado el cuerpo.

Pero no es que sus ojos parezcan abiertos. Es que parecen cerrarse. Sus ojos siempre han estado abiertos, pero a medida que las sombras se filtran a través del vidrio, los párpados parecen cerrarse sobre sus ojos azules. Parece increíble, pero puedes comprobarlo si te acercas a las catacumbas situadas debajo del convento de los capuchinos de Sicilia.

La báscula de la reina Isabel

Cuando falta justo un mes para Navidad, seguramente la reina de Inglaterra estará desempolvando la báscula del siglo XIX que guarda en el trastero, para utilizarla como cada año en la cena de Nochebuena. Todas las familias tienen tradiciones más o menos curiosas, y la familia real británica no iba a ser menos.

La reina de Inglaterra pesa a sus comensales antes y después del banquetazo que se deben pegar en Nochebuena. La costumbre viene de antiguo, de los tiempos de Eduardo VII, se ve que les divierte ver cuánto engordan en una sola cena, mientras más de uno y más de dos de sus conciudadanos se quedarán sin cenar esa noche.

No quiero hacer demagogia, casi todos nos cebamos en Nochebuena. La diferencia es que no tenemos que dar ejemplo ni representamos a un país. Además esta tradición no consiste en ver cuánto son capaces de engordar de una sentada, sino que representa simbólicamente el grado de satisfacción con la cena ofrecida. Es decir, si te ha gustado, engordarás; si no, no.

Este año dicen que van a cenar pavo asado y tarta de helado. Poco me parece, ¡si yo voy a comer más! ¿Será que la reina nos ha salido tacaña?