Opinión

Recuerdo cuando durante mi infancia me llevaban a ver la cabalgata de los Reyes Magos. No íbamos a la del barrio, sino a la “grande”, que organiza el Ayuntamiento y recorre el centro de Barcelona. Después de horas de espera (íbamos prontito para pillar buen sitio) sabíamos que empezaba lo bueno cuando asomaba a lo lejos la carroza que llevaba la estrella, que se supone que guiaba a los Reyes Magos.

Ni yo, ni creo que ninguno de los otros chiquillos que acudían a la cabalgata, veíamos en el desfile ningún significado religioso. Ni siquiera relacionábamos el evento con el portal de Belén, ni con angelitos, ni pastores, ni vírgenes, ni leches. Lo único que sabíamos todos era que estábamos deseando ir a dormir esa noche, porque (al menos en mi caso) a la mañana siguiente nos íbamos a encontrar una montaña de juguetes de proporciones ─esta vez sí─ bíblicas.

Pasaban las carrozas con los Reyes y sus pajes, otras con gente disfrazada que bailaba al ritmo de la música. Algunas de almacenes y tiendas de juguetes y, casi al final, la más fea de todas: un par de remolques hasta arriba de carbón, lo que nos recordaba que había que portarse bien lo que quedaba de noche, por si acaso. Desde todas ellas tiraban caramelos.

Luchábamos por pillar el mejor sitio en la fila y por recoger el mayor número de caramelos posibles. Ahora no, pero en mi época el rey Baltasar era un señor blanco con la cara pintada de negro. Y ni nos fijábamos en ese detalle ni nos hubiese importado, porque estábamos allí para ver a esos señores que eran Magos y que nos iban a dar un montón de regalos. Y sobre todo para disfrutar del espectáculo de luz, color y música que se nos ofrecía, con esa ilusión inocente que se tiene en la infancia.

Este año el sector más casposo de este país está poniendo el grito en el cielo porque en la cabalgata que organiza el distrito de Vallecas, en Madrid, va a salir una carroza con una drag queen, que además parece ser que no será la primera vez que trabaja con niños. Los más retrógrados acusan a la asociación que saca la carroza e incluso a la alcaldesa de Madrid, de querer reventar un desfile “cristiano” y lo peor de todo es que han recibido amenazas. ¿Desfile cristiano una cabalgata de reyes? ¿Es que los niños de padres ateos o que profesen otras religiones no piden, o no tienen derecho a pedir regalos para Reyes?

La cabalgata de Reyes es un espectáculo, en este caso para niños, no un ritual religioso. Y los niños nacen ateos y así siguen hasta que se les adoctrina. La drag queen es una persona que se dedica al espectáculo y, como profesional que es, estoy segura de que adaptará su actuación y sus maneras al público infantil, que será el principal protagonista del evento.

Dejad de imponer vuestras creencias y vuestra retrógrada moral a los demás. Una drag queen no tiene nada de escandaloso ni de inmoral.

Leí ayer una carta escrita por una lectora de El Periódico sobre el trabajo en hostelería. En ella, la autora se quejaba en general de que es un trabajo poco agradecido, que muchas veces los clientes ni miran al camarero o no son amables con el personal que les atiende. Comentaba que cuando el camarero se acerca a la mesa se produce un silencio incómodo entre los comensales, cosa que por otro lado veo lógica ya que al camarero no le importa lo que yo hable con mis acompañantes.

La carta en cuestión me estaba despertando cierta simpatía, ya que es cierto que hay gente muy estúpida por el mundo y la verdad, no cuesta nada agradecer el servicio aunque sea con una sonrisa cuando te traen el café. Pero ya hacia el final del escrito me topé con una queja que me llamó la atención: «…apenas recibes muestras de agradecimiento (por no mencionar que apenas se dejan los 5 céntimos del cambio)». A partir de aquí ya me cayó mal esta señora.

Me gustaría saber por qué tengo que dejar propina a una persona que ya está cobrando un sueldo por servirme el café, o lo que sea que me tome. La excusa de que el sueldo del camarero igual es bajo no me sirve. En este país, por desgracia, abundan los sueldos de vergüenza en todas las profesiones y los trabajadores que no pertenecen a la hostelería no reciben propinas.

Sí es cierto que en otros países tienen una «cultura de la propina» muy arraigada. Por ejemplo, hace apenas 4 meses, el pasado verano, viajé a Estados Unidos y allí el tema de las propinas lo llevan muy a rajatabla, igual que en otros países que he visitado, pero aquí no. Aquí deja propina quien quiere o quien puede y, en caso de dejarla, del importe que cada cual crea oportuno.

Yo no soy rata, dejo propina muchas veces, pero cuando quiero y porque quiero, no siempre. Y, por supuesto, del importe que quiero. No es la primera vez que leo o escucho quejas por este tema y opino que es de tener la cara muy dura exigir que los clientes te dejen propina, cuando ya estás cobrando un sueldo por tu trabajo.

Hortensia llega a la oficina a la hora en punto ─ni un minuto antes, ni uno después─ arrastrando su corta estatura, mientras chupetea un caramelo con expresión de asco en la cara.

Hortensia es un carcamal, una momia arrugada que ha conocido tiempos mejores, pero que lleva la edad (no demasiado elevada, por cierto) con muy poca dignidad.

Hortensia tiene pocas luces, nivel intelectual justito y es medio analfabeta, no por falta de oportunidades sino por dejadez personal. Es inculta y hace gala de su catetez, minuto a minuto, durante las ocho horas que dura su jornada laboral. Hortensia habla con sus clientes, los deleita con su desagradable voz cazallera y con errores lingüísticos que pondrían los pelos de punta a cualquiera. Hortensia no sabe hacer la o con un canuto.

Hortensia es lenta, de entendederas y de acciones. Siempre intentará endosar a otro cualquier cosa que suponga pensar un mínimo.

Hortensia no se relaciona con nadie. Su mala educación la lleva a esquivar cualquier cara conocida que se cruce en su camino.

Hortensia, las pocas veces que habla, no mira a los ojos. Dirige su mirada al infinito, quizá pensando que su interlocutor es demasiado poca cosa para ella.

Hortensia lloriquea. Juega a hacerse la víctima ante sus superiores para dar pena. Y la da, pero no como ella imagina.

Hortensia no es de fiar. Es resabiada y no da puntada sin hilo. En su triste vida, todo lo que hace tiene un porqué que solo ella conoce.

Hortensia es como un grano en el culo: inútil, molesta e insoportable.

Hortensia es real. Casi todo el mundo, en alguna ocasión ha tenido que sufrir a una Hortensia en su vida.

Los llamados biohackers intentan alterar la información genética de sus células, lo que plantea el debate sobre si una persona tiene derecho a modificar su organismo de esta manera.

El periodista Antonio Martínez Ron explica en un artículo publicado en Vozpópuli, que el ex trabajador de la NASA Josiah Zayner, durante una conferencia, mostró una jeringuilla y procedió a inyectarse su contenido en el brazo. Según él, el contenido de la jeringuilla iba a modificar sus genes proporcionándole músculos más fuertes. Zayner ha montado una empresa y vende kits para diseñar y aplicarse una terapia génica personalizada. Tristan Roberts se está inyectando un tratamiento que le curará el VIH modificando sus células.

Esto, como todo, tiene sus detractores, especialistas que opinan que no es posible modificar los genes a un nivel suficiente como para curar enfermedades o modificar la musculatura. Además, no se han hecho ensayos clínicos, por lo que no se saben los efectos que pueden causar estas sustancias en el organismo. Pero la ciencia va avanzando imparablemente y quién sabe si lo que hoy la mayoría de los científicos consideran inviable, en un futuro se convierte en una realidad.

Lo que a mí realmente me escama es que ya han salido los de los comités de ética diciendo que todo esto está muy bien, pero que la edición genética debe estar regulada y que esta tecnología debe estar en las manos adecuadas. ¿Quiénes son esas «manos adecuadas», las de las farmacéuticas, quizá? ¿para forrarse poniendo estos tratamientos a precios para ricos si un día se demuestra que son viables?

Luego está el tema de la ética. ¿Quién decide lo que es ético y lo que no y basándose en qué? ¿por qué tienen que venir unos señores a imponernos su ética al resto?
A mí me parece muy bien que se estén investigando este tipo de tecnologías que en un futuro pueden llegar a curar enfermedades. Y, a fin de cuentas, mis genes son míos y nadie tiene ningún derecho a decidir qué hago con ellos.

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