Opinión

La mafia del taxi

Así secuestran los taxistas una ciudad

Los taxistas de Barcelona llevan tres días colapsando la Gran Vía, una de las grandes arterias de la ciudad. Ya la liaron de forma similar el verano pasado. Han convocado una huelga indefinida y amenazan con “endurecer” sus acciones. Todo esto se debe a que no aceptan ningún tipo de competencia en su sector, como Uber o Cabify, las llamadas VTC. Vamos, que tienen montado un monopolio mafioso y parece ser que “la calle es suya”.

Estos últimos días ya se han registrado agresiones por parte de los taxistas a algún conductor de Uber o Cabify y, para curarse en salud, los líderes del gremio ya han avisado de que en los próximos días pueden producirse situaciones que “se les escapen de las manos”, es decir, que habrá más agresiones. Eso sin contar que ya están pensando en bloquear la ciudad cuando se celebre el MWC el mes que viene.

Es simplemente una vergüenza que se permita esto. Está claro que como cualquier trabajador tienen derecho a huelga, pero hacer huelga quiere decir no ir a trabajar, no significa secuestrar una ciudad impidiendo la libre circulación al resto de las personas. Me gustaría ver qué ocurriría si un día yo decido protestar por algo y planto mi coche en medio de la Gran Vía entorpeciendo el tráfico de los demás. A ver cuánto rato tardaba la Guardia Urbana en venir a detenerme y a clavarme la correspondiente multa. Y a estos desgraciados se les permite todo. Por si fuera poco, la alcaldesa (otra incompetente) parece ser que está de su parte. Quizás si las autoridades empezasen a retirar licencias se les acabaría la tontería.

¿Por qué cada vez más usuarios se pasan a las VTC? Muy sencillo: Los coches están limpios, los conductores son educados, ofrecen servicios adicionales como agua o wifi, no te obligan a escuchar la COPE o Radio Teletaxi durante todo el trayecto te guste o no, te subes al coche con un precio pactado, sabiendo lo que vas a pagar, mientras los taxistas se dedican a dar vueltas y más vueltas para que el taxímetro vaya sumando. Eso sin contar cuando te toca el taxista pakistaní, que ahora están muy de moda, que entre que no te entiende y que no se sabe las calles, te sale el trayecto por un ojo de la cara.

Por todo esto desde el verano pasado yo me pasé a Cabify. Por esto y porque la que montaron en verano me afectó directamente. Coincidió que regresaba de viaje y me costó más de tres horas llegar del aeropuerto a casa, cuando lo normal es hacer ese trayecto en media hora aproximadamente. Y me consta que en vista de la actitud mafiosa de esta gente, cada vez son más los usuarios que han dejado de usar el taxi y se han pasado a las VTC.

Señores taxistas, estáis cavando vuestra propia tumba. Sinvergüenzas.


Y llegó el caos a WordPress

Hace pocos días, al abrir WordPress con la intención de publicar un nuevo post, me encuentro con una nueva actualización disponible (como tantas otras veces). Ilusa de mí le di al botón “actualizar” y al finalizar me encuentro con que se han cargado el editor de entradas y han puesto una cosa nueva que no hay por dónde cogerla.

Ahora las publicaciones funcionan por bloques, o algo así. Los botones para tratar el texto han cambiado completamente, colocar una imagen que adorne el post es poco menos que imposible, y no pude publicar mi post porque iba con prisa y no me podía entretener en aprender a manejar de nuevo este invento del demonio que es WordPress.

Posteriormente busqué información sobre este truño que nos han colocado para publicar entradas en el blog y me encuentro con que los señores de WordPress dicen que se trata de hacerlo más sencillo, más fácil y más bonico. ¡Y una mierda! Aún no he podido averiguar cómo centrar una imagen, por poner un ejemplo. De fácil, nada.

Llevo un año arrepintiéndome de haber cambiado de Blogger a WordPress, y sinceramente, creo que volveré al otro sistema, además me saldrá más barato ya que no tendré que pagar servidor. 

Estos de WorPress cada día la cagan más.

¿Pero qué se ha creído Tamayo?

A veces, cuando lees el periódico te encuentras con algunas noticias que te ponen de muy mala leche. Esto es lo que me pasa a mí cada vez que veo a un cura echar las culpas a los demás en el tema de la pederastia.

El portavoz de la Conferencia Episcopal, José María Gil Tamayo, ha reconocido en una entrevista que durante años la Iglesia ha guardado un «silencio cómplice» ante los casos de pederastia. En fin, por algo se empieza. Pero es que a continuación el muy cretino suelta que «esto no exime al resto de asumir su cuota de responsabilidad en esta cultura común compartida de silencio» porque, según él, la pederastia de los curas se produce en un contexto de «inacción de toda la sociedad española».

Yo, como parte de esta sociedad a la que este lumbreras se refiere, no soy responsable de que los curas sean una pandilla de depravados y pederastas. Ni yo, ni nadie de mi entorno, ni nadie que sea medio normal. Porque los que abusan de niños son ellos, no yo. Porque yo si me tropiezo con un pederasta, lo denunciaré, al igual que cualquier persona normal, no como el clero que se tapan unos a otros. No como los curas, que no va ninguno a la cárcel.

Estamos de acuerdo en que en todos los colectivos pueden existir casos de pederastia. En todos los colectivos puede haber violadores y criminales de todo tipo. Pero que no pretendan exculparse repartiendo sus culpas entre el resto de la sociedad.

No, señor Gil Tamayo, el único responsable de un delito es el que lo comete. Hagan el favor de dejarse de tonterías y asumir de una vez su responsabilidad.

La fauna del carril bici

Hace cosa de un mes me compré una bici para ir al trabajo. El metro nunca me ha gustado ─va excesivamente lleno de gente y huele mal─, por lo que ya solo voy en metro los días de lluvia. El resto de desplazamientos que no son a la oficina los hago como siempre en coche, que para mí es el medio de transporte ideal.

Mi bici

Ahora que el ayuntamiento no para de construir carriles bici, me di cuenta de que puedo ir directamente desde casa al trabajo y me compré una bicicleta eléctrica, para hacer el mínimo esfuerzo, y plegable para poder meterla en un armario al llegar a casa y que no estorbe (estas bicicletas no se pueden dejar en la calle ni atadas con candado porque las roban).

Después de un mes pedaleando he descubierto todo un mundo paralelo, el de los carriles bici. Y es que hay gente a la que habría que prohibírsele salir de casa:

El que se cree que está en el Tour de Francia: Normalmente llevan una bicicleta de carreras y circulan como si se hubieran olvidado un grifo abierto. Te tienen que adelantar sí o sí, les va la vida en ello. Están disputando una carrera contra un rival imaginario y tienen que ganar como sea. No entienden que una bicicleta no es precisamente el vehículo más rápido del mundo, por lo que no es apropiada si vas con prisas.

El que va pisando huevos: Éste, al contrario que el anterior, va a paso de tortuga, entorpeciendo el tráfico del carril bici. Normalmente circula por el centro del carril y zigzagueando, por lo que es totalmente imposible adelantarlo. Ha decidido que todos debemos ir a su ritmo, nos guste o no.

El que tiene que salir el primero en todos los semáforos: Este espécimen es una variante del anterior. Va excesivamente lento, consigues adelantarle y cuando llega el siguiente semáforo en rojo se tiene que colocar delante de todos, para salir el primero cuando se ponga verde, ir otra vez pisando huevos y que le tengamos que adelantar de nuevo. Me he encontrado algunos a los que les he tenido que adelantar hasta cuatro veces por ir todo el rato haciendo lo mismo.

El que de repente se para en medio del carril bici para consultar el móvil: Esto lo he visto varias veces. Algunos tienen que pararse en medio (no se molestan ni en apartarse) para consultar ese WhatsApp tan importante para sus vidas que no puede esperar a que lleguen a destino. ¿Tanto te cuesta salirte del carril bici mientras consultas el móvil?

El que va muerto de miedo: Normalmente es una persona que no tuvo bicicleta en su infancia, ha aprendido a montar de mayor y se ha sacado el bono del bicing (servicio de alquiler de bicicletas del ayuntamiento). No va nada seguro, circula muy despacio y tembloroso. Da la impresión de que se va a caer en poco rato. Supongo que con la práctica se convertirá en un ciclista normal.

El que lleva una bici porque su neurona no le da para conducir otra cosa: De estos hay unos cuantos. “Soy tan lerdo que no soy capaz de conducir un coche, pues me compro una bici, que está de moda”. Hacen lo que quieren, no respetan las más mínimas normas de circulación y tienen tendencia a provocar accidentes. Porque si deciden pasar, pasan, aunque sea peligroso, aunque no tengan espacio. Los semáforos están de adorno para ellos y los peatones y los demás ciclistas tienen la obligación de cederles el paso.

El peatón irresponsable: Estos no van en bici, van andando, pero cruzan con el semáforo rojo, te obligan a frenar en seco y son muy incívicos. Pasean al perro por el carril bici como si fuera exclusivamente de ellos. Si les dices algo te miran mal.

Después de unos días experimentando con mi bici nueva y, visto lo visto, he optado por comprarme un casco y contratar un seguro. El casco porque es muy fácil que por culpa de algún retrasado acabes en el suelo. Y el seguro porque, aunque procuro circular con prudencia, siempre hay algún despistado que de repente se te echa encima y va corriendo a denunciarte al mínimo roce. Así que si por accidente atropello a algún peatón irresponsable, a mí no me va a sacar ni un céntimo.

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