Opinión

¿Pero qué se ha creído Tamayo?

A veces, cuando lees el periódico te encuentras con algunas noticias que te ponen de muy mala leche. Esto es lo que me pasa a mí cada vez que veo a un cura echar las culpas a los demás en el tema de la pederastia.

El portavoz de la Conferencia Episcopal, José María Gil Tamayo, ha reconocido en una entrevista que durante años la Iglesia ha guardado un «silencio cómplice» ante los casos de pederastia. En fin, por algo se empieza. Pero es que a continuación el muy cretino suelta que «esto no exime al resto de asumir su cuota de responsabilidad en esta cultura común compartida de silencio» porque, según él, la pederastia de los curas se produce en un contexto de «inacción de toda la sociedad española».

Yo, como parte de esta sociedad a la que este lumbreras se refiere, no soy responsable de que los curas sean una pandilla de depravados y pederastas. Ni yo, ni nadie de mi entorno, ni nadie que sea medio normal. Porque los que abusan de niños son ellos, no yo. Porque yo si me tropiezo con un pederasta, lo denunciaré, al igual que cualquier persona normal, no como el clero que se tapan unos a otros. No como los curas, que no va ninguno a la cárcel.

Estamos de acuerdo en que en todos los colectivos pueden existir casos de pederastia. En todos los colectivos puede haber violadores y criminales de todo tipo. Pero que no pretendan exculparse repartiendo sus culpas entre el resto de la sociedad.

No, señor Gil Tamayo, el único responsable de un delito es el que lo comete. Hagan el favor de dejarse de tonterías y asumir de una vez su responsabilidad.

La fauna del carril bici

Hace cosa de un mes me compré una bici para ir al trabajo. El metro nunca me ha gustado ─va excesivamente lleno de gente y huele mal─, por lo que ya solo voy en metro los días de lluvia. El resto de desplazamientos que no son a la oficina los hago como siempre en coche, que para mí es el medio de transporte ideal.

Mi bici

Ahora que el ayuntamiento no para de construir carriles bici, me di cuenta de que puedo ir directamente desde casa al trabajo y me compré una bicicleta eléctrica, para hacer el mínimo esfuerzo, y plegable para poder meterla en un armario al llegar a casa y que no estorbe (estas bicicletas no se pueden dejar en la calle ni atadas con candado porque las roban).

Después de un mes pedaleando he descubierto todo un mundo paralelo, el de los carriles bici. Y es que hay gente a la que habría que prohibírsele salir de casa:

El que se cree que está en el Tour de Francia: Normalmente llevan una bicicleta de carreras y circulan como si se hubieran olvidado un grifo abierto. Te tienen que adelantar sí o sí, les va la vida en ello. Están disputando una carrera contra un rival imaginario y tienen que ganar como sea. No entienden que una bicicleta no es precisamente el vehículo más rápido del mundo, por lo que no es apropiada si vas con prisas.

El que va pisando huevos: Éste, al contrario que el anterior, va a paso de tortuga, entorpeciendo el tráfico del carril bici. Normalmente circula por el centro del carril y zigzagueando, por lo que es totalmente imposible adelantarlo. Ha decidido que todos debemos ir a su ritmo, nos guste o no.

El que tiene que salir el primero en todos los semáforos: Este espécimen es una variante del anterior. Va excesivamente lento, consigues adelantarle y cuando llega el siguiente semáforo en rojo se tiene que colocar delante de todos, para salir el primero cuando se ponga verde, ir otra vez pisando huevos y que le tengamos que adelantar de nuevo. Me he encontrado algunos a los que les he tenido que adelantar hasta cuatro veces por ir todo el rato haciendo lo mismo.

El que de repente se para en medio del carril bici para consultar el móvil: Esto lo he visto varias veces. Algunos tienen que pararse en medio (no se molestan ni en apartarse) para consultar ese WhatsApp tan importante para sus vidas que no puede esperar a que lleguen a destino. ¿Tanto te cuesta salirte del carril bici mientras consultas el móvil?

El que va muerto de miedo: Normalmente es una persona que no tuvo bicicleta en su infancia, ha aprendido a montar de mayor y se ha sacado el bono del bicing (servicio de alquiler de bicicletas del ayuntamiento). No va nada seguro, circula muy despacio y tembloroso. Da la impresión de que se va a caer en poco rato. Supongo que con la práctica se convertirá en un ciclista normal.

El que lleva una bici porque su neurona no le da para conducir otra cosa: De estos hay unos cuantos. “Soy tan lerdo que no soy capaz de conducir un coche, pues me compro una bici, que está de moda”. Hacen lo que quieren, no respetan las más mínimas normas de circulación y tienen tendencia a provocar accidentes. Porque si deciden pasar, pasan, aunque sea peligroso, aunque no tengan espacio. Los semáforos están de adorno para ellos y los peatones y los demás ciclistas tienen la obligación de cederles el paso.

El peatón irresponsable: Estos no van en bici, van andando, pero cruzan con el semáforo rojo, te obligan a frenar en seco y son muy incívicos. Pasean al perro por el carril bici como si fuera exclusivamente de ellos. Si les dices algo te miran mal.

Después de unos días experimentando con mi bici nueva y, visto lo visto, he optado por comprarme un casco y contratar un seguro. El casco porque es muy fácil que por culpa de algún retrasado acabes en el suelo. Y el seguro porque, aunque procuro circular con prudencia, siempre hay algún despistado que de repente se te echa encima y va corriendo a denunciarte al mínimo roce. Así que si por accidente atropello a algún peatón irresponsable, a mí no me va a sacar ni un céntimo.

Los españoles vivimos más y a los ingleses les extraña

Está demostrado que la esperanza de vida de los españoles es superior a la de muchos otros países. De hecho somos los segundos más longevos del mundo, por detrás de los japoneses. Será que somos casi igual de frikis que ellos. Y los ingleses no dan crédito: si fuman y beben, cómo puede ser… Esto es lo que se pregunta el diario The Times en un artículo.

Que los ingleses son “incalificables” (por no usar algún improperio) ya lo sabemos hace tiempo. Solo hace falta ver a aquella señora británica que este verano vino a España, concretamente a Benidorm a pasar sus vacaciones y, a su regreso, denunció a la agencia de viajes porque en Benidorm había “demasiados españoles” para su gusto. ¿Qué esperaba que hubiera en Benidorm, coreanos? Luego están los que vienen a España y exigen que les hables en inglés, a esos los mandaba de vuelta a su isla de una patada en el trasero.

Pues sí, en España se fuma se bebe y se va de fiesta. Quizá no vamos estreñidos por la vida, igual eso es parte del secreto para vivir más. Somos más sociables y más simpáticos. Vamos, que somos más majos.

También debe influir un poco el hecho de que sabemos comer. No se puede comparar nuestra dieta mediterránea con la mierda que comen los ingleses, que hasta ellos mismos reconocen que su comida no hay quien se la trague.

Y otra cosa importante que nos hace vivir más: nosotros sabemos utilizar los balcones.

El Premio Planeta, gala para gente cutre

Hace pocos días se celebró la entrega del Premio Planeta 2018, que por cierto ganó Santiago Posteguillo, de lo cual me alegro porque es un escritor que me gusta mucho. Lástima que el acto quedase empañado por el bochornoso comportamiento de los invitados a la cena literaria que acompañó al evento. Y es que ocurrió una de esas cosas de las que inevitablemente pensamos que “esto solo pasa aquí”.

La decoración de las mesas corrió a cargo de la Fundación Fupar, una entidad sin ánimo de lucro que da trabajo y atiende a personas discapacitadas. Ellos fueron los encargados de confeccionar los centros de mesa y para ello ─ya que se trataba de una gala literaria─ utilizaron como base libros antiguos, descatalogados, algunos auténticas rarezas. Esto fue posible gracias al convenio de alquiler que tiene la fundación con una librería especializada en libros antiguos. La idea era recogerlos al finalizar el evento.

Pues bien, cuando acabó la cena no quedaba ni uno, porque los asistentes decidieron llevárselos de recuerdo como si fuese un regalo para ellos. Se supo del pillaje porque una de las invitadas lo escribió en su cuenta de Twitter en directo: “los estamos rapiñando”, escribió así tal cual y se quedó tan ancha.

Si ya de por sí es bastante cutre llevarse el centro de mesa de la comunión de tu prima, no digamos llevárselo de un acto con la categoría del Premio Planeta, al que acude gente supuestamente “culta”. Imagino que esa noche también desaparecieron unas cuantas toallas de hotel.

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