Personal

En el post anterior comentaba que había estado unos días pasando frío por Zaragoza. Pues me he traído de recuerdo un gripazo impresionante, ya digo yo que el invierno no es bueno. Todo el fin de semana en cama y aún no estoy bien.

Por si no tenía bastante con la gripe ahora me duelen un montón las cervicales. Algún mal gesto que habré hecho.

Así que me tomo un descansito de dos o tres días y ya volveré cuando sea capaz de respirar sin ahogarme (el tabaco no me ayuda con la gripe), y cuando pueda mover el cuello con un mínimo de dignidad.

Qué malita estoy…

He estado dando un paseo por la Fira de Santa Llúcia, que se instala todos los años por estas fechas delante de la catedral de Barcelona. Hay constancia de que esta feria de belenes se viene celebrando desde el siglo XVIII.

Desde siempre, diferentes artesanos y vendedores de ornamentos navideños instalan sus paradas para vender sus productos. Claro que, con el paso de los siglos, este mercado navideño ha ido evolucionando; al principio eran tenderetes de madera iluminados con candiles y ahora son paradas modernas y bien iluminadas con potentes focos. Pero la esencia navideña se mantiene y es visita obligada si estás en la ciudad por estas fechas.



Sabes que se acerca la Navidad cuando empiezas a ver las primeras bolitas en los escaparates; cuando empiezan a colocar las luces en las calles, en la tele ponen películas de Santa Claus y en el trabajo te anuncian la fecha de la infumable cena de empresa. Esa cena a la que vas por compromiso, porque es lo que menos te apetece en este mundo, pero claro, hay que quedar bien. Llega esa época en la que parece que sea obligatorio ser feliz, en la que estamos obligados a ser solidarios y todo el mundo es bueno.

Los centros comerciales a rebosar de gente, comprando regalos para parientes a los que no ven durante el resto del año y a los que probablemente no soportan. Lo mismo pasa en los supermercados, todo el mundo comprando toneladas de comida porque, eso sí, vamos a comer como si no hubiera un mañana. Y que no se nos olvide el turrón: del duro, del blando y de todas las variedades posibles.

Luego en el trabajo toca el asunto del amigo invisible, que no he visto en mi vida cosa más absurda. Tienes que perder varias horas de tu vida buscando un regalo que se ajuste al presupuesto estipulado para el evento. Un regalo para ese compañero/a cuyos gustos apenas conoces ─ni tienes por qué conocer─, ni te interesan. Y solo falta que te toque regalar al único que te cae mal en toda la empresa. En mi trabajo, por suerte, ya hace un par de años que conseguimos erradicar lo del amigo invisible.

Toca en estos días bajar del altillo los adornos navideños y decorar el árbol. Y la pereza que da después recogerlo todo otra vez. En mi casa este año hemos decidido que no ponemos ni árbol ni adornos. Eso sí, algo bueno tiene la Navidad y es que hay unos cuantos días festivos en los que no hace falta madrugar para ir a trabajar.

Por supuesto, seguiré diciendo Feliz Navidad, por costumbre y porque tampoco tengo motivos para desear lo contrario a nadie. Pero aún no ha llegado y ya estoy deseando que acabe.

Durante las pasadas vacaciones estuve una semana en Nueva York. Y paseando por Central Park me encontré este mapache.

Hubo unos momentos de cachondeo porque mi hermana, que venía conmigo, me dice: mira, un mapache. Y yo le decía: ¿estás segura de que eso es un mapache? ¿cuántos mapaches has visto en tu vida? Como la triste realidad era que ni ella ni yo habíamos visto nunca un mapache así en directo, la broma llevó a la duda, y acabamos buscando en Google fotos de mapaches para ver si el bicho en cuestión lo era o no. Y sí, llegamos a la conclusión de que lo era.
Algo parecido ocurrió con la ardilla que nos encontramos poco después, esta vez ya sin dudas aunque con bromas: no se parece a Banner y Flappy, decía yo, a ver si no va a ser una ardilla. Con la tontería echamos unas risas en Central Park.


Suscríbete y recibe las entradas por correo electrónico

Únete a 1 suscriptor

Estadísticas