Recordando viejos tiempos

¿Os acordáis de Mazinger Z? Los que pasáis de los 40 seguro qué sí. Pues Mazinger ha vuelto, esta vez a los cines.

Se cumplen 45 años del estreno de la serie en Japón y 40 de su estreno en España. Con ese motivo, el cineasta japonés Junji Shimizu ha rodado un largometraje muy fiel a los orígenes y esencia de Mazinger que homenajea al personaje recreando una secuela que ocurre diez años después del final de la serie; es ‘Mazinger Z: Infinity‘, que llega hoy a las salas españolas.

A Go Nagai, que ha escrito el manga en el que se basa esta nueva película, le ha encantado el resultado: “Me gusta mucho -ha dicho-. Era el Mazinger Z que esperaba. Ha superado mis expectativas”.

La película empieza cuando el expiloto Koji Kabuto, ahora un científico respetado, se encuentra con unas misteriosas ruinas en el monte Fuji. El descubrimiento, que trae de nuevo el recuerdo del Doctor Infierno, amenaza a la humanidad, por lo que el destino del mundo queda, una vez más, en manos de Koji Kabuto y Mazinger Z. Es decir, Mazinger en estado puro, tanto en la historia, como en la técnica, que Shimizu ha mantenido fiel al estilo original de hace casi medio siglo.

Esta no me la pierdo.


Visto aquí

No hace tantos años en las casas no acostumbraba a haber ordenadores y, el que conseguía que le compraran uno, lo utilizaba básicamente para jugar y lo veíamos como el más afortunado del mundo. ¿Qué hacíamos si no había internet ni móviles, ni redes sociales? Cuando querías hablar con alguien, simplemente le llamabas por teléfono y quedabas. Si querías comunicarte con alguien que vivía lejos le mandabas una carta, escrita a mano, por supuesto.

Yo me compraba ─y a veces me regalaban─ papel de carta, con dibujitos y sobres a juego. Era un regalo muy socorrido hace 30 años, siempre quedabas bien regalando eso.

Lo mejor era cuando llegaba la respuesta a tu carta. ¡Te hacía una ilusión!

Luego, cuando llegaba la Navidad enviábamos postales felicitando las fiestas. Ahora, como mucho, a todos nos llega algún WhatsApp de «Feliz Navidad» y ya está. Aunque debo confesar que con un grupo de personas, aparte de hablar por WhatsApp a día de hoy nos enviamos postales navideñas. Nos hemos negado a enterrar la tradición.

No hace tantos años no sólo no había teléfonos móviles, sino que fuera de las grandes ciudades los teléfonos no eran automáticos. No podías descolgar el teléfono y marcar un número porque no había números.

Así eran los teléfonos sin números para marcar

Si estabas en el pueblo y querías llamar a alguien, en cuanto levantabas el auricular salía la voz de una telefonista que te preguntaba dónde querías llamar y a qué número; ella se encargaba de establecer la comunicación desde su centralita. Para llamar desde la ciudad al pueblo ─en las ciudades sí que había teléfono automático─ tenías que marcar el número de la operadora, decirle a qué población llamabas y a qué número. Para llamadas dentro de la misma ciudad no hacía falta pasar por la telefonista.

La telefonista

Cuando querías llamar a alguien que estaba en un lugar más o menos lejano, como otra provincia u otro país, entonces tenías que pedir una conferencia, que era más cara. Recuerdo haber oído más de una vez a mi abuela decir aquello de «no hables mucho rato, que es conferencia». El coste de las llamadas se contaban por «pasos». Un paso creo que eran dos o tres minutos.

Si me cuentan hace 30 años que en un futuro no muy lejano íbamos a usar smartphones conectados a internet no me lo creo.

Hace un rato me ha dado por recordar tiempos pasados, de cuando no había internet ni móviles, cosas de una época no tan lejana. Yo tengo cuarentayalgo de años, por lo que no soy tan mayor y cuando miro hacia atrás veo cómo los tiempos han cambiado muchísimo en no demasiados años. El caso es que en apenas dos minutos he conseguido hacer una lista de cosas que quizás a alguien nacido en el año 2000 le parezcan, no diré increíbles pero sí algo curiosas.
 
El primer punto de la lista son los viajes en transporte público. En el metro, ni las estaciones ni los trenes eran como ahora; era todo, por llamarlo de alguna manera, como más «artesanal». No había tarjetas multiviaje y tenías que comprar el billete a una señora que estaba encerrada en una pequeña taquilla, teniendo que hacer la cola correspondiente si ibas en hora punta. Recuerdo cuando un billete costaba 6 pesetas; eso en euros son unos 4 céntimos. ¿Os imagináis lo que sería hoy en día poder cruzar la ciudad por 4 céntimos?

 

Recuerdo las taquillas del metro durante mi infancia como algo parecido a esto

Dentro de los vagones había un señor que era el que se encargaba de abrir y cerrar las puertas apretando unos botones. Qué horror de curro, además de aburrido todo el día de pie y aguantando los apretujones en las horas punta.
 
Los autobuses urbanos tampoco eran como los de ahora. Eran más grandes y de color verde (hoy son rojos), hacían mucho más ruido, los asientos eran muy incómodos y seguro que contaminaban mucho más que los de ahora.

 

Así eran los autobuses de Barcelona hace algún tiempo

Se accedía por detrás, por la última puerta. Y dentro había un señor sentado ante un pequeño mostrador que despachaba los billetes. Tampoco debía ser muy divertido ese trabajo, pero por lo menos éste iba sentado, un pequeño avance respecto al del metro.

 

El que vendía los billetes

Hoy en día está todo automatizado. Los vendedores de billetes no existen y en su lugar hay varios tipos de tarjeta multiviaje que se compran en máquinas expendedoras. Y es que como dijo alguien «hoy las ciencias avanzan que es una barbaridad».
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